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Simulacro de un Polvo – Literatura Erótica

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¿Anorgasmia o simplemente no supe pedir?
Por: Lina María Díaz Coronel

Me mordió tan duro el pezón que me provocó cachetearlo. Sentí su salvajismo cuando me sujetó fuerte por mi pelo largo y me dio un beso desenfrenado en la boca que me dejó sin aliento.
Estaba descontrolada. Me concedió un preámbulo tan extraordinario cuando metió sus dedos dentro de mi vagina y me excitó de una forma tan violenta que me dejo sin un gemido.
-¡Háblame sucio! Le quise gritar.
-¡Dime porquerías! Recorre con tu boca mi espalda hasta que llegues a su final. Quiero que encuentres el punto donde me lubriques con tanto delirio que no deje de exigirte que continúes.
-¡Acósame! ¡Enloquéceme! ¡Hazme venir con demencia!
Estaba encima de él, lo besé con efusión y calentura, le rocé mi lengua por su barbilla, me enloquecí cuando sentí su miembro levantado, su respiración entrecortada, sus manos frías y confundidas. Entonces me moví sobre él, de arriba abajo y así, busqué complacer mis ansias.

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Ilustración: Débora Arango Kahlo

-¿Pero qué pasa? ¡No te siento! ¡Cógeme más duro! Le quería gritar .
Le metí mi lengua mojada dentro de los orificios de su nariz, mordí sus orejas, le sujeté fuerte su cara varonil y con una mirada impertinente le reclamé.
¡Cógeme por el pelo con más ganas! ¡Muérdeme los labios! ¡Acaríciame las tetas sin miedos! ¡Sin remordimientos!
Le metí mi lengua en su ombligo, bajé y con mi mano le cogí su miembro. Lo sentí temeroso, con miedo a seguir, pero lo motivé moviéndolo de arriba abajo. Se me antojaba chuparlo, pero algo me impidió bajar un centímetro más.
-¡Que me cojas más duro! Le grité con desahogo.
Quería que me sacudiera con lujuria. Quería sentir que me ansiaba y que moría por perderse en mí.
-¿Qué sientes? ¿Por qué me deseas? Anhelaba su respuesta con hechos.
Guardó silencio, siguió besándome dócilmente y acariciándome con demasiados escrúpulos.
¡Yo no quiero que seas tierno! ¡Ni delicado! ¡Quiero a un animal!
¡Quiero que me arrincones mientras intentes metérmelo! Pensaba mientras fijaba mi mirada en su cuerpo.
Estaba esperando que lo sacara y me dijera con aberración.
-¡Vamos, hazlo! hasta que me venga en tus tetas, y después te beso hasta que me pidas más.
Que angustia la mía ante tanta deficiencia en un pre coito. Especulaba si me había metido en la cama con un aprendiz a quien le daba miedo asediar a su presa, es que en ese momento yo era eso y quería sentirme como eso.
Dudé de ese polvo. Dudé de haberme metido en esa cama.
¿Cómo es posible que la fase de excitación sea tan pobre? ¿Qué se puede esperar de la penetración?
¿Por qué se limita a ser salvaje conmigo? Me preguntaba mientras me besaba, pero yo ya no estaba tan excitada como en un inicio.
Mi vagina estaba seca, el tenía un pánico absurdo de tocarme.
-¡Utiliza tus manos! ¡Anda acaríciame! ¡Sedúceme!
Que más antesala deseaba que le describiera para que lograra entender que me estaba dañando un polvo que prometía ser bueno, pero que ahora estaba muy aburrido.
Será que estaba sufriendo de ¿Anorgasmia?
¡No! Eso se llama falta de calentamiento, falta de creatividad y emoción.
¿Falta de experiencia?
De pronto sentí que entendió el mensaje.
Me levantó tan fuerte que erizó mi cuerpo desnudo. Mi cabeza quedó en la cama, mi pelo se confundía con las sabanas desordenadas y mi cuerpo flotaba ansioso.
Con sus manos sujetó fuerte mis nalgas. Me miró con tanta lascivia que creí que iba a meter su lengua en mi vagina y me iba besar hasta saciarse.
-¡No! ¡No me gusta! Le dije con la intención de producir un efecto adverso.
¡Maldita sea! pensé que se enloquecería, que abusaría de mi y me obligaría a sentir el placer del sexo y la agonía mientras esperaba la hora que me penetrara y se moviera con tanta delicia que no me quedara ni un suspiro.
Pero él, me miró y con una salida ó más bien, con una pataleta de ahogado, me dijo.
-¡No puedo!
Quise gritarle tantas cosas, pero opté por guardar silencio.
Soltó mis piernas y cayeron derrotadas en la cama mientras mi mente reaccionaba a semejante simulacro de polvo.
Respiré tan profundo que el aire no fue suficiente.
Él se fue sin dar más explicaciones, igual, ya no me importaban.
Yo quedé en esa cama tan ajena, sola, desnuda y con la arrechera más severa. Desconcertada y con la mirada perdida en el vacio.
Ni siquiera quiero filosofar sobre lo sucedido, sólo quiero destacar una pregunta de Woody Allen con una acertada respuesta.
¿Es sucio el sexo?
¡Únicamente sí se hace bien!
Entonces, para agregar a mi lista de bromas mediocres, confieso que perdí un polvo, quedé con la vaga sensación de no disfrutar de un sucio pre coito y con la necesidad de conocer si no lo supe pedir bien.

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